jueves, septiembre 06, 2007

A la sombra de Raul Gonzalez Tuñon.

Desde los adoquines sube un viejo tango
como una vaga serpiente melodiosa
que va borrando de los ojos mucha bruma
acumulada en tantos lunes sin sonrisa.

Es el gemido del viento, del pasado,
la voz con que la infancia nos habla al corazón,
o la imagen furtiva de algún circo
en una tarde con lluvia y sin dinero.

Es la nostalgia.

El musgo negro de la noche se abre paso
entre los edificios.
Los faroles, muy pronto,
pondrán un toque más triste todavía
a la ciudad, a nuestra alma.

Pero del fondo de un bolsillo saco un vaso de vino,
un mapa escrito en sueco,
y un pedazo de tul cortado del vestido
de la muñeca más rubia y más pequeña
del antiguo negocio.

Hermanos : ahora me zambullo
en el breve mar rojo que quema la tristeza.
Y no hay más lluvia, ni circos trashumantes,
ni melancólicas flores
colgadas de los muros del olvido.

En mi mano derecha tengo a Brujas La Muerta,
y en la izquierda, cerca del corazón,
a Fragante París,
con un enorme y alegre cartel nocturno.

La tarde del sábado.

Hoy Buenos Aires tiene cara de muchacha cansada,
cara de sábado, cara de soledad sin ruidos.

Varias melancolías se inclinan hacia un rostro.
El viento, como un perro inexperto,
corre por las veredas.

Los maniquíes sonríen detrás de los vidrios,
en un pequeño reino de lamparitas verdes,
de flecos,
de perpetua tristeza con una mano alzada.

Uno camina por el centro y siente el alma en sombras :
la ciudad es enorme, paciente, gris.

Como una enorme vaca nos rumia diariamente :
una vaca volteada, las patas en el río,
comiéndose el cabello de los transeúntes.

Hoy Buenos Aires sacó su vieja cara,
su inmemorial tristeza, su panoplia de árbol sin sol.

Y está el humo de sus bares,
en los que caemos, tristemente tristes,
con cara de sábado y ojos de calles húmedas,
a beber un sorbo más de este aire soñoliento.

Así el domingo vendrá más dulcemente.

sábado, septiembre 01, 2007

Nocheros.

Dos breves gotas de ácido
anuncian la mañana en nuestros ojos.
Y los cristales del café pronuncian
la matinal ternura de la luz.

Hemos quemado muchos sueños,
muchos cigarrillos,
y la celeste espuma de la charla
burbujeó a nuestro lado,
mientras afuera la ciudad miraba
desde los ojos transparentes de la noche.

Cada hora pasó
como una novia fugaz por nuestras manos,
y reveló para nosotros
un misterio minúsculo, una respuesta nueva,
enseguida olvidada.

Desde el agudo minutero
la muerte hacía gestos
que no quisimos ver.

Fuimos los huéspedes incógnitos
que la ciudad no quiere ver de día,
los invitados especiales
del pájaro nocturno :
él sabe los secretos
que hay en ciertos rincones de la calle
y nos los cuenta.

Y aunque uno falte alguna vez,
su sombra viene y ríe con nosotros;
porque la noche lo menciona
cuando todos callamos.

Ahora salimos a la calle,
a navegar entre los rostros
que la aurora ilumina,
mientras sentimos que otra aurora crece
detrás de nuestra frente.
Los árboles tiritan y el grito del diarero
se abre como una flor en el asfalto.

Queremos ver cómo el cemento
se dibuja en azul
y cómo, desde lejos, el río nos saluda,
mientras nosotros saboreamos la mañana
palmo a palmo.