sábado, septiembre 01, 2007

Nocheros.

Dos breves gotas de ácido
anuncian la mañana en nuestros ojos.
Y los cristales del café pronuncian
la matinal ternura de la luz.

Hemos quemado muchos sueños,
muchos cigarrillos,
y la celeste espuma de la charla
burbujeó a nuestro lado,
mientras afuera la ciudad miraba
desde los ojos transparentes de la noche.

Cada hora pasó
como una novia fugaz por nuestras manos,
y reveló para nosotros
un misterio minúsculo, una respuesta nueva,
enseguida olvidada.

Desde el agudo minutero
la muerte hacía gestos
que no quisimos ver.

Fuimos los huéspedes incógnitos
que la ciudad no quiere ver de día,
los invitados especiales
del pájaro nocturno :
él sabe los secretos
que hay en ciertos rincones de la calle
y nos los cuenta.

Y aunque uno falte alguna vez,
su sombra viene y ríe con nosotros;
porque la noche lo menciona
cuando todos callamos.

Ahora salimos a la calle,
a navegar entre los rostros
que la aurora ilumina,
mientras sentimos que otra aurora crece
detrás de nuestra frente.
Los árboles tiritan y el grito del diarero
se abre como una flor en el asfalto.

Queremos ver cómo el cemento
se dibuja en azul
y cómo, desde lejos, el río nos saluda,
mientras nosotros saboreamos la mañana
palmo a palmo.