jueves, septiembre 06, 2007

La tarde del sábado.

Hoy Buenos Aires tiene cara de muchacha cansada,
cara de sábado, cara de soledad sin ruidos.

Varias melancolías se inclinan hacia un rostro.
El viento, como un perro inexperto,
corre por las veredas.

Los maniquíes sonríen detrás de los vidrios,
en un pequeño reino de lamparitas verdes,
de flecos,
de perpetua tristeza con una mano alzada.

Uno camina por el centro y siente el alma en sombras :
la ciudad es enorme, paciente, gris.

Como una enorme vaca nos rumia diariamente :
una vaca volteada, las patas en el río,
comiéndose el cabello de los transeúntes.

Hoy Buenos Aires sacó su vieja cara,
su inmemorial tristeza, su panoplia de árbol sin sol.

Y está el humo de sus bares,
en los que caemos, tristemente tristes,
con cara de sábado y ojos de calles húmedas,
a beber un sorbo más de este aire soñoliento.

Así el domingo vendrá más dulcemente.