Cae la lluvia
y el tranvía rueda por la ciudad
hacia su puerto previsible
de escaleras, de camas,
de mates matinales.
Rueda la lluvia
hacia los ojos ciegos de la calle.
Y mientras busco
detrás de los cristales
el perfil de la noche,
un viejo culto se consuma
en los faroles,
en la llama embutida
que miro fijamente.
Vengo desde sonrisas
maniatadas por números
y caigo en el tranvía como un perro
como un enorme perro
lacrimoso y cansado.
Tal vez un ángel llame
tras el vidrio violeta,
remoto mensajero
de la mágica pampa.
Tal vez. Pero es inútil.
Yo voy dormido en el asiento
y ruedo blandamente
hacia una casa sin nostalgia,
sin gorrión, sin tristeza.