Te descubrí cantando en una esquina,
mi hermano sin tristeza,
te descubrí poniéndote la lluvia de corbata,
mostrándole a los giles que la ciudad es linda,
te descubrí cantando, un sábado.
Gastabas con tu voz los adoquines,
rompías la penumbra con tu gesto de sol.
Eras un largo sabio del dolor
que quiebra todos los dolores.
Eras la voz con que las cosas
se hablan a sí mismas,
el silbo solitario,
los tranvías que por desgracia ya no vemos.
Eras la luna y mucho más :
el rocío cayendo,
jilguero desnutrido,
mariposa que sólo aparece de noche.