Dónde estaba tu voz, dónde estaban tus ojos,
cuando la noche los buscó para nombrarse, verse.
Una luna cansada moja el techo de fábicas desiertas,
y el viento frío barre oscuridades en las plazas.
Es el otoño que ha vuelto, vestido de luz gris,
y se ubica en tu espalda.
Son viejos nombres tristes que dibujan tu boca,
o tal vez una hilera de luces hasta el cielo,
entrando hasta la sed inagotable de tus ojos,
volviendo hacia tu voz su rostro mudo.