La poderosa grúa vela el sueño
de la paloma pisoteada por el ómnibus.
Mañana, con la luz, extenderá otra vez su brazo
por encima del lecho de cemento húmedo
y el sol borrará el rocío de sus bíceps.
Pero ahora, la grúa, insomne,
como una zancuda gigantesca,
mira el pequeño cadáver tibio,
caído desde lo negro de la noche,
hundido en lo negro de la ciudad, del asfalto.