Por el golpeado gorrión que habita en tu garganta,
por la íntima voz con que te hablan
los cristales nocturnos,
y por el viejo tranvía que tomabas, sin duda,
en tu niñez de cielo abierto y tristeza,
el alma de un soldado
que medita en un techo,
contando los faroles
con que la noche empieza a despedirse,
se llena a veces
de palabras, de sombras,
y de remotos vientos con olores marinos.
Una campana negra
suena en lo hondo de su sangre,
cuando tu rostro impide el horizonte,
llamando al potro desbocado
que duerme en la tristeza.
Y el rumor mágico de la ciudad durmiendo,
o los lejanos árboles que saludan la aurora,
o los menudos gestos con que el día se anuncia
detrás de las esquinas :
el grito del diarero, un ómnibus tosiendo,
las hojas que el otoño nos regala, de pronto,
son nada comparados con tus manos cansadas,
o con la piedra húmeda
de tus ojos llorando.